Jesús Fernando Alavez Salazar
La urgente tarea de hacer sentir a los habitantes de esta enorme urbe, que no son simples comparsas o víctimas de la historia.
Graciela Henríquez Escobar y Armando Hitzelin Égido
En agosto pasado, acompañé la apertura de este mismo sitio con un texto titulado El exilio del exilio, en el que reflexionaba sobre lo que percibo como una reconfiguración de la doble explotación que hoy azota a los flujos migratorios más pauperizados en diversas regiones del mundo, bajo el signo ominoso de la securitización. Mi intención original era que el acápite “El exilio que no es exilio” funcionara como colofón —una suerte de pilón o ñapa—, pero acabó desprendiéndose como texto autónomo.
Así pues, en esta ocasión, dirijo la mirada hacia esa apócrifa errancia que se desliza por los márgenes de la legalidad, se insinúa en los intersticios de la hostilidad citadina y se asoma en el atisbo temeroso de la otredad, hurgando el desarraigo doméstico y resquebrajando lo que queda del derecho a la ciudad.
El entresijo
Tal como las protestas semiorganizadas del añejo flujo migratorio mexicano que han enfrentado a las redadas antinmigrantes en uno de sus bastiones más emblemáticos en suelo estadounidense, la ciudad de Los Ángeles, hallaron eco prolongado, también las manifestaciones contra el fenómeno que la socióloga Ruth Glass conceptualizó al observar la transformación de barrios londinenses como Notting Hill, y que desde las décadas de 1970 y 1980 se incorporó al aparato categorial de los estudios urbanos revestido con la noción de gentrificación —formulación que incluso ha sido adoptada por ONU-Habitat— irrumpieron con fuerza en julio y agosto en la capital mexicana. Y no es para menos: este tipo de movilizaciones solo habían sido registradas en ciudades como Barcelona, Lisboa, Berlín, Ámsterdam o Venecia, aunque sin el brío desplegado en la metrópoli más densamente poblada de la América Latina hispanohablante.
México atraviesa una encrucijada. Mientras miles de migrantes permanecen ceñidos a su territorio, retenidos por constrictores acuerdos que lo colocan, por la vía de los hechos, como “tercer país seguro” —sin condiciones reales para serlo—, otros tantos emprenden el regreso, empujados por el encono de la securitización en la movilidad humana.
La violencia que emana de esta trama atomiza los clamores, los vuelve íntimos, dispersos. Quienes vinieron desde Venezuela sintieron en su momento que el ataque tenía como blanco directo a su comunidad; en nuestros días, lo mismo sucede con personas provenientes de Colombia, y la escena se repite, con persistencia histórica, entre centroamericanos, personas oriundas de Haití (único flujo migratorio que he captado con formas de organización política en Tijuana —en la frontera al norte— y Tapachula, —en la frontera sur—) y Cuba, por referir solamente una porción de los flujos migratorios que surcan este maltrecho país. Cada grupo se plisa sobre su herida, sin advertir el patrón común que toma forma en el agravio sistemático.
Mientras tanto, en México se recibe y estimula la presencia cada vez más nutrida de personas originarias de Estados Unidos (con más de 700 mil ciudadanos estadounidenses residiendo en el país, incluidos alrededor de 140 mil en situación migratoria irregular, según el Instituto Nacional de Migración y el más reciente Censo de Población y Vivienda 2020, lo que convierte a esta en la principal migración en México, superando en volumen a cualquier otro grupo extranjero), así como de Europa occidental y China, quienes encuentran en sus ciudades comodidad y ventajas que contrastan con las situaciones que enfrentan quienes llegan desde el sur.
Aún más, México se alza como el país más visitado del subcontinente, con más de 23.4 millones de turistas internacionales que han transitado por su territorio tan solo en el primer semestre de 2025, según datos de la Secretaría de Turismo y cifras de ONU Turismo (Brasil y Colombia le siguen con cifras notablemente inferiores). Y si bien la Riviera Maya, cuya ciudad insignia, Cancún, ha sido durante las últimas dos décadas el emblema artificial del turismo de arqueología (campo de estudio instrumentalizado como ciencia de Estado, especialmente en el centro y sur del país) y de playa (eclipsando al enclave que fue Acapulco en el Pacífico), la CDMX conserva su lugar como nodo principal de atracción.
Ese fulcro magnético de convocatoria cuya pulsión hoy se revuelca en la gentrificación y la turistificación galopantes, envuelto por la vasta zona metropolitana, acoge a cerca de 22 millones de almas y deja ver la contracara del bienestar social en lo que atañe al sentido de pertenencia de quienes han nacido y crecido entre sus confines.
La paradoja se dibuja con luminosidad, pero desentona con las letanías del sentido común que suelen invocarse: la ciudad que brinda oasis a quienes arriban desde la exención, no concede el resguardo que, al menos en parte, redimiría a quienes llegan desde realidades no menos ásperas que las que aquí se sobrellevan, ni garantiza la posibilidad de saberse parte de un lugar en el mundo para quienes la han habitado desde siempre..
El ardid semiótico
En los días que siguieron a los pregones antigentrificación en el otrora Distrito Federal, el fantasma de la conciencia de clase, exhibido como trasfondo político del acontecimiento, recorrió las fugaces lecturas críticas en las plataformas digitales y en sectores del periodismo con voluntad reflexiva. ¿Fueron aquellas voces del disenso una condensación del antagonismo social o apenas una estética aspiracionista de la nostalgia y el deseo?
Para no sucumbir a la entelequia que idealiza los procesos organizativos de base, los cuales son soslayados por la poetización de “chilangolandia”, tanto en su tracción local como en el lente foráneo, conviene dejar algo en claro: el grueso de quienes son la sístole de esta ciudad no dispone ni del tiempo ni del aliento para denunciar su condición. Son cimientos silenciados, presencias subsumidas por la superexplotación y la cultura del trabajo (aun en los foros convocados por la actual Jefatura de Gobierno, donde se dio a conocer el “Bando 1”, surgido como respuesta institucional tras las dos grandes movilizaciones, la voz crítica se fue apagando por la narrativa de los propietarios, atrincherados en la retórica de la “participación plural democrática”).
En una ciudad copada por los fetichismos identitarios y por discursos que reducen el conflicto a un juego semántico entre pretendidos “expats” y “nómadas digitales”, recurro a las enseñanzas de Valentín Nikoláievich Volóshinov, cuyas elaboraciones desarticulan la simulada dicotomía que cela la materialización del problema. Nikoláievich argumenta que la existencia, al exteriorizarse en el signo, no se acuña de manera directa, sino que se refracta en él. Y se pregunta: ¿qué determina esa refracción del ser en un signo ideológico? La respuesta radica en la intersección de intereses heterogéneos, dentro de los límites de un mismo colectivo semiótico; es decir, la lucha de clases. La clase no se superpone al colectivo semiótico, entendido como el grupo que emplea los mismos signos en la comunicación ideológica. Así, distintas clases comparten una misma lengua. Como consecuencia, en cada signo ideológico se entretejen acentos de posicionamientos disímiles. El signo, entonces, se convierte en un campo de disputa.
Si se quiere expresar distinto, diluir la gentrificación en una confrontación de etiquetas es trocar la raíz por la hojarasca, confundir el barniz con la veta. El lenguaje no es una superficie pasiva de la realidad, es un campo de fuerzas donde los signos se tensan entre clases, se cargan de intereses y se enfrentan por el sentido. Nombrar es tomar partido, y en esa contienda, las palabras iluminan o encubren.
La semántica de la pugna urbana en la CDMX ha devenido en una operación de camuflaje: al anclar la discusión en las figuras más reconocibles del expolio, se corre el encuadre del armazón que las habilita, al tiempo que se desdibuja cómo se desenvuelve por fuera de las zonas que más se mastican y cómo impacta en otras franjas de la inmigración. La gentrificación no es un fenómeno lingüístico, pero su legitimación lo es en absoluto. Y es en esa rendija donde se activa y potencia la trampa semiótica.
Volóshinov nos recuerda que toda palabra nace en el diálogo social, en la fricción entre dominados y dominantes. Así, hablar de “revitalización” en lugar de desposesión es participar en una economía del lenguaje que blanquea el brete. El signo se vuelve cómplice. El discurso, fachada. Y la lucha de clases es soterrada por el murmullo seductor de una modernidad que circula cosmopolita. La reyerta no está en los nombres, sino en quién tiene el poder de designar.
Ergo, señalar a quienes se trasladan desde sus lugares de procedencia, reconocidos como centros de acumulación y concentración histórica, no obedece necesariamente a sus atributos fenotípicos ni a diferencias culturales (por ejemplo, aun cuando ambos lindan con visos chovinistas, no puede equipararse la fidelidad excesiva de personas con nacionalidad venezolana a su registro lingüístico —marcada por la fractura psicosocial que deja la yuxtaposición de embates externos y la crisis orgánica en Venezuela— con el aferramiento homogenizante, efecto del avance imperial como monocultivo, como lo dice Catalina Ruiz-Navarro al caracterizar a la migración gringa que, desde la pandemia, ha llegado masivamente y tiende a neutralizar cualquier expresión que se asemeje a una identidad), por más que tales rasgos incidan y ensanchen la fisura, sino que lía sus prácticas económicas exentas de fiscalización, en tanto se configuran como uno de los pilares del privilegio, entendido no como una condición azarosa, sino como la facultad concreta de ejercer poder. Y es esa potestad la que afianza la desigualdad.
Con todo, debe subrayarse que las interpelaciones contra la gentrificación derivaron de ejercicios asamblearios, pero se desarrollaron en medio de una composición ideológica disonante. Convergieron sujetos acicateados por la añoranza de circunstancias materiales disueltas, quienes hacían vida en colonias como la Roma, Condesa, Juárez o la Escandón antes de su mutación, sin problematizar por qué anhelaban reintegrarse a esos espacios o, peor aún, sin confrontar su propia precariedad. Concurrieron también colectivos cuya indignación se tradujo en actos sin mediación (que no tácticas cuyo horizonte solo es la frontalidad), los cuales provocaron una respuesta irascible por parte de quienes hacen suyos los intereses empresariales del fenómeno, reacción que obvió la querella de fondo de faz al violento reordenamiento: la colisión apenas despierta un instinto de clase, como diría Lenin.
El asalto de las lumbreras
Entre el estruendo de las simplificaciones, proliferan los eslóganes de ocasión: “abogas por la inmigración, pero rechazas la gentrificación”, como si el deambular incierto y sin elección o dictado por mínimos umbrales y la partida voluntaria compartieran genealogía. Esto afloró otro motivo manido, la divulgación torrencial de la controversia de paja, conjeturalmente anidada en 2022, cuando la entonces jefa de gobierno capitalina, Claudia Sheinbaum, ofreció un guiño sin cortapisas a los susodichos actores al anunciar un convenio entre la UNESCO y la plataforma Airbnb, proyectando a la CDMX como “capital del turismo creativo”.
La tribulación no emergió en ese trance, mas como quien disfraza cálculo de indulgencia, el autoproclamado humanismo —que por definición es praxis; no ornamento— gubernamental apura la (re)socialización neoconservadora que localiza en la desafección política no una grieta, sino una certeza funcional: la superestructura, siempre diligente, refleja, resguarda y perpetúa las bases materiales que la producen.
La arquitectura securitaria y la legitimación patrimonialista del Estado —no necesariamente el enfoque weberiano— hacen maridaje y se metamorfosean en semillero de la turbiedad que se desborda en los mecanismos de indignación de la multitud ignota. En la tergiversación, la embestida reaccionaria disuade la tensión, encasillándola como local, de las expresiones que condenan y exigen el cese del genocidio palestino. Aun así, y sin percatarse, le plantan un punto al yermo debate dentro del progresismo, entre quienes impulsan el boicot a las transnacionales como McDonald’s y quienes afirman que “no sirve de nada”. La misma Catalina Ruiz-Navarro muerde el anzuelo y, al retomar el ensayo Contra los viajes (Against Travel) escrito por la filósofa Agnes Callard, se pregunta: “¿Cómo va a ser el viaje una experiencia trascendental si nos vamos hasta el otro lado del mundo para comer en el mismo McDonald’s y comprar ropa en el mismo Zara?” Lo que ni unos ni otros alcanzan a señalar es que el pueblo acude precisamente a McDonald’s no por ansia ni por desubicación, sino porque el pueblo, como postulado, es abstracción de las relaciones de poder.
Entonces desfila sobre la alfombra el desgarramiento de las vestiduras, gimotean todavía tras los gestos combativos que arrojan las protestas: a modo de muestra, la amplia refriega en torno a los daños al Museo Universitario de Arte Contemporáneo, en Ciudad Universitaria de la UNAM, ocurridos durante la segunda marcha antigentrificación. En esa dirección la teoría de las ventanas rotas (Broken Windows Theory), escrita por James Q. Wilson y George L. Kelling, vuelve a atinar puerto en la CDMX. El paisaje se tolera en su descuido en la medida en que quienes hacen vida en ese espacio lo distingan con hondura, para demostrar que es un aderezo simbólico de la estandarización (el “AirSpace”, descrito por el crítico cultural Kyle Chayka como estética global del nómada digital). De lo contrario, la endogamia, concernida e imputada, aúpa la limpieza social que traspasa el fervor mundialista.
El falaz agravio a los muros y monumentos me remite al ensayo de Santiago Rodas titulado Esporas de plomo suspendidas en la superficie, en el que medita sobre la liencificación (reajuste del writing) de las calles con especial énfasis en la ciudad que la vida misma convirtió en mi segundo hogar, Medellín, Colombia. Es decir, cuando el grafiti encauzado al muralismo urbano se sirve para embellecer domesticándolo, la legalidad y la legitimidad hacen pinza, entorpeciendo su comprensión y su diferencia. La teoría de las ventanas rotas muda, más bien, como ofensiva para la construcción del nebuloso enemigo interno; así, el binarismo que nutre la invención de la otredad como dispositivo de violencia (acentuado en América Latina como lo dilucida Aníbal Quijano: imposición a los vencidos de una otra naturaleza) cristaliza en que los extranjeros, al alterar con su estancia la cotidianidad, (con el agravante de la explotación sexual y la trata de menores, más visible en Medellín y oculto en la CDMX) observan con suspicacia a los pobladores originarios y estos, a su vez, a las personas que forman parte de los flujos migratorios que no provienen de los países que cincelaron en el neoliberalismo las “ventajas comparativas”. No porque se hayan reconvertido en espíritus conservadores sin más, sino porque finalmente aprehendieron al temor como articulador de lo político y advirtieron que la única manera de sentirse guarnecidos era mediante una avanzada securitaria: en Medellín y prácticamente toda Colombia, especialmente enfrentando el flujo migratorio venezolano, y en la CDMX, enfrentando una multiplicidad de migraciones, entre ellas, sin duda, la colombiana. Pero más allá de los aguantes contra la turistificación y gentrificación, la amalgama germina la narrativa que alude, en la CDMX, a un inexistente “bloque negro” como organización siniestra y no como herramienta política; episodio que resuena en toda Colombia cuando evocan «la primera línea». La economía política de la violencia reclama una crítica ineluctable.
El divague en la economía política
Es más que evidente que quienes se internan desde el norte no son los únicos artífices del destierro que se cierne sobre ciudades mexicanas: basta con echar un ojito hacia otros polos. Ahí están Los Cabos, en el extremo meridional de la península bajacaliforniana; el Bajío, con parajes como Real de Catorce en San Luis Potosí; los centros urbanos de impronta colonial, San Miguel de Allende y Guanajuato; en el occidente, sitios como Guadalajara y Tequila, ambos en Jalisco; más al norte, siguiendo la línea costera del Pacífico, los destinos de Puerto Vallarta y Sayulita, este último en Nayarit —territorios que marcan el límite habitual del turismo internacional—; y hacia el sur, tan saqueado, los focos de interés que se concentran en la ciudad de Oaxaca, junto con los rincones del litoral del Pacífico sur: Puerto Escondido, Mazunte y Zipolite, todos en el estado oaxaqueño. A ello se suma San Cristóbal de las Casas, en el corazón montañoso de Chiapas, y la capital veracruzana, Xalapa, relativamente próxima al Golfo de México.
Así, los intentos más sesudos por desentrañar la gentrificación en la CDMX (y que no compelen un solaz del No Lugar —espacios de tránsito privados de identidad— enunciado por Marc Augé: el anonimato que da cuerpo a la propuesta del antropólogo francés es, mejor dicho, una estampa de la antropología cultural que rehúye las relaciones de producción; lejos de ser un atributo “natural” de la modernidad, se revela como alienación y dominación espacial) bifurcan en dos grandes glosas orientadas hacia la demanda, donde se interpreta como una forma de activismo individual. Están quienes se inscriben en la tradición inaugurada por Glass, que plantea que las expulsiones de las poblaciones trabajadoras obedecen a variaciones en las preferencias habitacionales de las clases acomodadas. Sin embargo, esta perspectiva, al otorgar relieve a las tendencias residenciales como dinamo explicativo, incurre en una candidez analítica que termina por situar a los afectados en el papel de figurantes dentro de un drama urbano escrito por otros. El neoconservadurismo se cobija, desde hace tiempo, en este análisis que funge como su nicho.
Y están quienes se alinean con la corriente representada por el académico liberal David Ley, quien sitúa los orígenes en una secuencia de renovación urbana vinculada a valores de consumo adoptados por nuevos segmentos generacionales. Ley perfila una nueva geografía urbana bajo un régimen social de consumo, donde las inclinaciones culturales, al igual que en la vertiente clásica, se entrelazan con factores económicos afines a la estructura ocupacional, a la luz de una reforma urbana en aquellas ciudades postindustriales que enlazan su prosperidad al consumo de economías avanzadas. (Mark Fisher, por su parte, en Realismo Capitalista anota el desajuste entre la sociedad fordista del Estado de bienestar y el consumismo posterior a la década de 1970, el cual remacha el goce). No es exactamente el caso de la capital mexicana; sin embargo, a partir de las negociaciones y la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre 1992 y 1994 —hoy TMEC— las interpretaciones se estrecharon en esta disposición, al grado que el “Bando 1”, con el cual el gobierno local busca evitar la gentrificación y avalar una ciudad habitable, asequible y con arraigo comunitario (incluye catorce ejes de acción, como la regulación de rentas, la protección de vivienda social y la reordenación de zonas emblemáticas), termina por definir la gentrificación como un problema de consumo y acceso. En la práctica, se convierte en un apéndice de la vertiente cultural-consumista y, paradójicamente, intensifica la exclusión
De esta manera, los terremotos de 1985 y 2017, así como la última pandemia, se exteriorizan como meras coyunturas que los más aventajados aprovechan, y no como apalancamientos de la captura de una brecha de renta de suelo por parte de los agentes que intervienen en el desarrollo de nuevas viviendas: la financiarización. Todo ello, dejando de lado la lucha latente entre gentrificados y gentrificadores. La reubicación impuesta no constituye un daño colateral: es una transferencia inexorable de valor y de cuerpos. Es la médula misma de la geodesia que conjuga gentrificación, turistificación y su espoleo especulativo, tal como lo advirtió Neil Smith al enunciar la brecha de la renta (rent gap) como fuerza motriz de la desvinculación y la reinversión en el espacio urbano, que se suprime como escenario social. Es lo que tanto vociferan y rara vez indagan con detenimiento cuando aseguran que lo que se vive en el presente es una política de especulación inmobiliaria.
La brecha de la renta que fundamenta la financiarización es, de manera sencilla pero sin trivializar el método, la distancia entre la Renta Potencial (Alta) y el rendimiento efectivo de la Renta Actual Capitalizada (Baja) en inmuebles antiguos y multifamiliares con contratos de alquiler desactualizados, o propiedades subutilizadas, cuya ubicación es de alta demanda. El valor del suelo permanece elevado, aunque el edificio se encuentre deteriorado. El capital inmobiliario aguarda el instante propicio para invertir, demoler o rehabilitar y así cerrar esa brecha.
Ante el imperativo de transitar del modelo de vivienda residencial al de vivienda social, resulta ineludible reconocer que la financiarización no constituye una innovación ni una prerrogativa del capital privado, sino un tesón orgánico que llegó a estructurar incluso los contrafuertes de la vivienda promovida por el Estado desarrollista mexicano —en cuyos vestigios aún subsistimos las mayorías—. El Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (Infonavit) y el Fondo de la Vivienda del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (Fovissste) replicaron esquemas de valorización especulativa en la vivienda de interés social (y eso sin ahondar en el efecto despolitizador que en estos días aciagos se enmascara de nostalgia selectiva y de una meritocracia ilusoria, y que ha impactado de lleno a los adultos jóvenes y adultos mayores que alcanzaron alguno de los veinticinco millones de créditos otorgados desde la creación de ambos institutos). La crisis actual del sector se plasma en cerca de 600 mil viviendas abandonadas, de acuerdo con cifras del Infonavit, secuelas de desarrollos habitacionales que quiebran, desde hace mucho, el modelo de los tres espacios (casa/familia, productividad: fábrica/escuela/ oficina y comunidad, esta última privatizada con el arrastre de los grandes centros comerciales en el neoliberalismo) de la sociología urbana, edificados con materiales de baja resistencia en periferias inconexas.
En un país donde la marea de la informalidad engulle a la mitad de su fuerza de trabajo (la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI cifra esta realidad en el primer trimestre de 2025: 54.3%, un universo de 32 millones dentro de una Población Económicamente Activa de 59 millones). De este dilatado índice, solo en la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), 4.3 millones de personas viven en la sombra de esta economía sumergida (un dato que, aun representando un 42.9% de la PEA local, es un océano de vulnerabilidad). Así, mientras los poseedores de alta solvencia navegan sin escollos hacia el crédito, el diseño de la política pública se erige como una barrera para los que hipotéticamente son los sujetos prioritarios, cuyo único aval es la diaria faena de la provisión. Y para quienes consiguen sortear ese muro, el crédito asignado se torna irrisorio ante los precios desmesurados del mercado inmobiliario. Aquí precisamente yace la razón del “Bando 1” para el gobierno capitalino, pese a la adhesión del propio Instituto de Vivienda (INVI) de la CDMX a la oferta de renta asequible, luego de que los inmuebles construidos post 2017 mostraron una demanda exigua.
La gentrificación/turistificación es un epifenómeno de la financiarización ejecutada como política de Estado, y no, como sugiere tanta verborrea, un llano inconveniente de planificación. Es, en verdad, la exposición de un País sin techo (título de la obra donde Carla Escoffié da cuenta, de manera inteligible, de esta lacerante situación que supera la demarcación de la capital mexicana), en el que el derecho a habitar se subordina al mandato de rentabilidad.
He constatado una recurrencia, no exenta de sus propias singularidades, en otras ciudades latinoamericanas y caribeñas que me han recibido en tiempos no breves, aunque tampoco tan prolongados como hubiese querido: Cartagena, Colombia (y no únicamente en Manga, Bocagrande y el barrio de Getsemaní, es decir, lo híper–turístico que significa apenas una fracción menor de lo que realmente es la ciudad de Cartagena), en la zona metropolitana de Ciudad de Panamá, en Buenos Aires (pero no me refiero a la CABA, sino al primer anillo al sur del Gran Buenos Aires —Avellaneda— y al segundo anillo al norte —San Fernando y Tigre—), así como en La Habana (y no a secas en el Vedado y la hacinada Vieja Habana, por cierto: ¿Cómo se explica que, con semejante flujo migratorio, exista una labilidad habitacional tan brutal en un Estado que aún se dice socialista, al tiempo que se experimenta el boom de los cafecitos “fancy”, surgidos tras la implementación de las “MiPymes” y las tiendas con pago en MLC: la acumulación de propiedades se hace palpable para cualquier turista con un piso básico de interés sociológico?).
La brecha de la renta se exacerba de cara a los cinco partidos que la CDMX recibirá durante el Mundial de la FIFA (en las otras dos sedes mundialistas mexicanas, Guadalajara, Jalisco y Monterrey, Nuevo León, la financiarización está asentada hace más de una década sin los subsidios capitalinos), lo cual otorga al capital y al Estado el argumento y la seguridad económica para clausurar dicha brecha de forma masiva e inmediata (México no tiene tradición de cooperativas de vivienda como existen en el sur del continente).
Se inhibe, por consiguiente, la disyunción cardinal entre el derecho a la vivienda el cual no equivale al derecho a la propiedad privada ni al acceso a la deuda. Surge de este modo el “costo irremisible” para que la capital compita en el escenario global, especialmente si sus correlatos son Canadá y Estados Unidos. De esta suerte, la resistencia política se disipa, pues el acelerado cambio de uso de suelo se mitiga valiéndose del epíteto de «modernización» y los gobiernos, tanto federal como la Jefatura de la ciudad, no salen de la coartada institucional del progresismo de gestión neoliberal, donde sus ideólogos acreditan la idea de que el capitalismo-neoliberal puede ser administrado sin trastocar sus fundamentos, de ahí que insisten en resaltar tímidamente a los gringos como agentes comunes de la gentrificación. Si bien guarda veracidad el testimonio, no es rigor de totalidad.
La aspiración prácticamente irrealizable de obtener/construir un hogar digno y propio, condujo a este reescritor defeño a trazar estos apuntes introductorios sobre una urgencia perentoria: la defensa de la justicia urbana y los derechos territoriales en un contexto donde la urdimbre relacional del lugar natal que tanto ha caminado (nororiente – centro/sur/poniente) se modifica vertiginosamente (incluso es cada vez menos infrecuente la llegada de personas del norte de México a echar raíces en la capital, en lugar de cultivar morada en Estados Unidos). El esfuerzo no es un bálsamo de alivio, sino un aguijón pugnaz con base en, cuando menos, tres vectores, conforme a Tom Slater. Primero, se trata de ubicar y sistematizar las argumentaciones teóricas e ideológicas que van desde la génesis de la gentrificación a sus consecuencias. Segundo, la expulsión de población vulnerable como sello medular por medio de relaciones de poder. Finalmente, hacer hincapié en que es una política pública netamente neoliberal.
En el instante en que la palabra se extravía en una pendencia fingida, se aparta la batalla decisiva de mi generación: el derecho inalienable a la vivienda. No sucumbamos al sofisma del exilio que no es exilio.
Comparto las letras que, si bien no aparecen íntegramente en el ensayo que acabas de leer, fueron la savia que lo alimentó:
– Augé, Marc — Non-lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité
– Chayka, Kyle — The Longing for Less: Living with Minimalism.
– Echeverría, Bolívar — Modernidad y blanquitud.
– Escoffié, Carla — País sin techo. Ciudades, historias y luchas sobre la vivienda.
– Glass, Ruth — London: Aspects of Change.
– IGTIMES — Style Writing: From the Underground to the Mainstream.
– Kelling, George L. & Wilson, James Q. — “Broken Windows: The Police and Neighborhood Safety.”
– Ley, David — The New Middle Class and the Remaking of the Central City.
– Quijano, Aníbal — “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”
– Ruiz-Navarro, Catalina — “En mi vida fuiste turista´: el avance del monocultivo imperialista.”
– Slater, Tom — “Territorial Stigmatisation: The Remarkable Resilience of Neoliberal Urban Policy.”
– ____________ “The Limits to Gentrification: An Initial Assessment of the Concept.”
– Smith, Neil — “Toward a Theory of Gentrification: A Back to the City Movement by Capital, not People.”
– Volóshinov, Valentín Nikoláievich — Marxism and the Philosophy of Language: The Main Problems of the Sociological Method in the Science of Language.
