Posiciones

Una trasquilada etnográfica: la masculinidad en las barber shop

No soy un hombre que sabe. He sido un hombre que busca, y lo soy aún: pero no busco ya en las estrellas ni en los libros […] Mi historia no es agradable, no es suave ni armoniosa con las historias inventadas; sabe a insensatez y a locura, y a ensueño, como la vida de todos los hombres que no quieren mentirse más a sí mismos.

Hermann Hesse

Si hay algo que me heredó mi progenitor, es el cabello lacio y abundante. Eso, aunado a que he transitado por diversos looks y a que no soporto los laterales largos sin sudar demasiado, me ha llevado a visitar periódicamente las peluquerías. Crecí a la par que se reforzaba el estereotipo, en el oficio y la profesión, de la peluquera mujer, que en México se consolidó en las estéticas unisex, nombre con el que todavía se les conoce, en tanto las viejas barberías atendidas por hombres y frecuentadas solo por estos fueron desapareciendo; se volvieron nostalgia de los dones casi entrados en la senectud. Nunca entré a ninguna, pero siempre miraba con curiosidad y deseo —pues había una brecha de clase— una que quedaba en el centro de lo que hoy llaman Ciudad de México. Hablo, claro está, de esas barberías donde te afeitaban el rostro con una mezcla que te untaban suavemente con una brocha, y te recostabas en muebles modernos, propios de los años cuarenta, entre «charlas de hombres» que pretendían ser sofisticadas.

Peluqueria unisex
Jesús Alavez © | La Piedad, Michoacán, México, 8/10/2026, 15:47 hrs. (UTC-6).

Hoy, como casi todas las personas en América Latina, estoy presenciando el remix de esas antiguas barberías masculinas, en medio de una crisis honda —en todo sentido— en la que los vatos estamos inmersos.

Lo que leerás a continuación no es un simple repertorio de evidencias anecdóticas envueltas en una supuesta validez etnográfica (menos aún desde el eclecticismo, toda vez que este no representa andamiaje analítico alguno); es una impugnación a la masculinidad normativa, encarnada por el neoliberalismo en un mundo de culto al yo, neoconservador, de soledad epocal —que no es exclusiva de los hombres— y de miedo abyecto, donde ya no tomaremos decisiones bajo ninguna certeza y cualquiera es un enemigo potencial. El cuestionamiento no se agota señalando a figuras como los coaches de la testosterona o los evangelistas de la hombría aspiracional hecha espectáculo, lo que se conoce como la manósfera. Esa masculinidad tiene en la barber shop uno de sus refugios; echemos un vistazo a su expresión citadina, periférica, heterosexual y precarizada.

Imagen1
Nota: Imagen generada por inteligencia artificial (Gemini / Imagen 1) el 16 de septiembre de 2026. Prompt: "Fotografía en blanco y negro de una barbería clásica de los años 1940, enfocado en el momento en que un barbero coloca espuma de afeitar con brocha a un cliente, mostrando mobiliario vintage, sillón hidráulico de época". Imagen libre de derechos de autor.

I. La identidad estructural y el imaginario de ascenso social

Los hombres no hemos cambiado haciendo cursos ni leyendo libros. Hemos cambiado históricamente porque las mujeres han dicho NO y BASTA.
Henrique Sola

Era mitad del año 2022; mi diario de campo y mi pasaporte confirman que volvía desde el semiárido venezolano hacia la Antioquia montañera, en Colombia. Un trayecto de poco más de mil cien kilómetros que realizaba habitualmente por tierra. En el mismo autobús viajaban tres menores. Eran originarios de Quíbor, Venezuela, un pueblo que ya no conserva el encanto que Alejo Carpentier supo retratarle en sus letras, a mitad del siglo pasado. Los tres jóvenes se dirigían a la capital paisa con la esperanza de encontrar mejores oportunidades, lo cual me resultó significativo, considerando que el flujo migratorio venezolano ya comenzaba a mostrar señales de repliegue y que la dolarización de facto ya estaba anclada en la República Bolivariana; pero que confluía con toda la presión estética que se vive en Medellín, la cual, si bien es impulsada y soportada principalmente por los manes, estos tampoco escapan de ella.

El más hablador no se me despegó, creyendo que yo era abogado (posiblemente por el saco que llevaba puesto, ya que el trato en la frontera colombo-venezolana depende de la apariencia), y me contó que deseaban probar suerte en el lugar que representa el no tan reciente pero sí creciente refugio para la masculinidad: la barbería.

los batos
Jesús Alavez © | Barquisimeto, estado Lara, República Bolivariana de Venezuela, 29/6/2023, 17:41 hrs. (UTC-4).

En ese entonces no había caído en cuenta de lo que representa, como imaginario de movilidad social, montar una barber shop. Es cierto que coincide con el sueño del ascenso social basado en un simulado enriquecimiento rápido y relativamente «sencillo», alimentado por perfiles como el barbero de lujo, que convierte cada corte en una vitrina de estatus y comulga con el discurso del emprendimiento (ser «tu propio jefe» con flexibilidad de horarios) y con la expectativa de que te traten de esa manera: cortarte el cabello a domicilio, en alguna de tus propiedades, entre comodidades.

 
Sin embargo, poco se advierte la contradicción que encierra ese trato: en ese espacio los hombres pagan caro algo que llaman (auto)cuidado y que, con frecuencia, no es más que vanidad. Y no solo quienes lo frecuentan; también algunos barberos que, además de irritarte el cráneo pasándote varias máquinas durante casi una hora, se la pasan viéndose al espejo todo ese tiempo; quien debería cuidarte está ocupado en mirarse. Una cosa es la representación del amor propio que incita a insertarse en el capitalismo neoliberal desde la hiperindividualización y el consumismo —de ahí que veamos a un montón de hombres frustrados hablando de hombres o mujeres “de alto valor”—, y otra muy distinta es hacerse cargo de las propias carencias afectivas y materiales. Consumir es autodestruirse, no necesariamente autocuidarse.
barberia en San Agustin
Jesús Alavez © | San Agustín, Caracas, República Bolivariana de Venezuela, 2/11/2022, 09:09 hrs. (UTC-4).

Y ese consumo no es solo de quien emprende el negocio; la búsqueda de superación social que se exterioriza en la barbería lo es igualmente de quienes buscan dicho servicio. La expansión de las barberías no tiene que ver exclusivamente con alejarse de las peluquerías por ser atendidas por mujeres, es decir, la misoginia. La barber shop, en barrios populares y muy golpeados por la precariedad, vende además el roce de una experiencia a la que difícilmente se puede acceder de forma continua en otros ámbitos, un espacio ficticio.

Aquí nos ayuda Michael Kimmel y su idea de la masculinidad como validación homosocial, porque si bien la mayoría de hombres precarizados no pueden sostener en el tiempo su presencia en las barberías situadas en lugares diferentes a los de su origen, no solamente por el precio alto del servicio —las desigualdades no son solo de clase: se revelan asimismo en discriminación étnica, racial y por condición de género—, tanto en las barberías de barrio como en las de zonas acomodadas se afianza la construcción de identidad estructural: el hombre sabe que es hombre no por lo que siente; lo sabe porque el grupo, en este caso el que frecuenta la barbería dentro o fuera de su propio contexto, lo valida. Los verdaderos pick me somos los hombres pues buscamos ser aprobados por otros hombres.

La estructura jerarquizada no se diluye en ninguno de los dos mundos; menos aún la noción de validación por lo que “tienes”, en este caso, por lo que consumes. En este punto no hay diferencia alguna entre las añejas y las actuales barberías de hombres para hombres, salvo las variaciones de estilo; es un puente que parece intacto.

La aspiración de escalar de posición por esta vía, ya sea chambeando en el rubro o asistiendo al servicio como signo de distinción, la he notado en Argentina, Cuba, Panamá, Venezuela, El Salvador, Ecuador y, por supuesto, en México, sitios donde me he trasquilado y he podido conversar con hombres barberos y con usuarios.

barberia popular
Jesús Alavez © | Tepito, Ciudad de México, 15/11/2025, 17:47 hrs. (UTC-6).

En los días que vivimos, donde esa identidad estructural de los hombres depende por completo de la audiencia, como puntea la psicóloga Estefanía Galacho, la barber shop halla convocatoria, se vuelve un resguardo; pero, ¿de qué tipo?

II. La comunidad de la extimidad y el barbero como agente social

La cultura heterosexual masculina es homoafectiva, ella cultiva el amor por los hombres.
Marilyn Frye.

Cuando comencé a reflexionar sobre lo que implica la reunión de hombres en la barbería —que no es masiva, pues se excluye, por ejemplo, la diversidad sexual, ya que se pretende demostrar a toda costa la heterosexualidad en quien atiende y en los atendidos, pese a que la gran mayoría de las interacciones, en el sitio, son homoafectivas—, pensaba que existía encuentro, pero no comunidad.

Al ir observando con más detalle la dinámica de las barber shop, me di cuenta de que son puntos de confluencia donde, en efecto, no se cuestiona nada ni nadie se interpela (a no ser por la violencia armada, si atendemos a los ataques que han ocurrido en varias barberías de América Latina, perpetrados por otros hombres). Esto armonizó con mi lectura de Ronald F. Levant sobre la alexitimia masculina normativa: la dificultad de muchos hombres para identificar y nombrar lo que sentimos. No obstante, la barbería, en el barrio o fuera de este, no es un lugar donde no se nombre lo que se siente; es un lugar donde, más bien, se refuerzan convicciones ideológicas. Las generaciones más veteranas de hombres son las que menos las frecuentan, ya que se consideran sujetos desvalorizados, hombres de bajo mantenimiento o vulnerados frente a lo que se entiende como femenino. Ese lugar lo comparten con las generaciones que apenas están formando sus procesos, o sea, niños y adolescentes (otra forma de ser en el mundo, como lo puntualiza la filósofa Sandra Escutia Díaz), encarnación de esa masculinidad limitada que, de manera contraintuitiva, destacan otros hombres

barbershop
Jesús Alavez © | El Valle, Caracas, República Bolivariana de Venezuela, 4/12/2022, 09:28 hrs. (UTC-4).

Esto hace de las barberías centros de reunión que construyen comunidad desde la extimidad lacaniana —eso que Lacan llamó «exterioridad íntima», donde lo más propio del sujeto está, a la vez, fuera de él—, pero no intimidad, porque la confianza da asco y los hombres no ponemos límites, ponemos barreras. Ante la duda de adónde llevamos los hombres nuestros malestares y frustraciones (cuya respuesta está plagada de lugares comunes, algunos de los cuales, dicho sea de paso, no dejan de ser reales), las barber shop son uno de esos destinos, y eso las convierte en espacios de responsabilidad social.

Y no se trata de un detalle menor: en zonas donde, al avanzar el neoliberalismo, se redujeron los centros de sociabilidad y de recreación, las barberías tienen poder de atracción, ya sea en el barrio (donde una de las imágenes usuales es observar varias motos afuera, y varios hombres sin necesariamente ser clientes, compartiendo con el barbero) o en los grandes locales o centros comerciales (donde la escena se repite: varios hombres reunidos, con el celular en la mano, hablando, compartiendo pero no intimando). Así, ante la imperante necesidad de referentes masculinos que hagan sentir a las generaciones de este tiempo el deseo de ser hombres de otra manera, el barbero resulta un agente social.

barbershop putumayo
Jesús Alavez © | Puerto Caicedo, Putumayo, Colombia, 3/12/2023, 08:50 hrs. (UTC-4).

III. La repolitización y el vacío de identidad

Hay una sobrevaloración de cualquier pequeño esfuerzo que simule un cambio de los hombres.
Roberto Garda.

Dicho lo anterior, es claro que veo a las barber shop como un ámbito susceptible de intervención política, uno que no esté en los imaginarios sociales como el parlante de hombres, de diversas edades, que ni siquiera son conscientes de su constitución emasculada y se amparan en la tergiversación del «derecho agraviado». La barbería como trampolín de repolitización también obedece a alejarse de la «deconstrucción» como una meta identitaria. Es cierto que deconstruir es modificar la condición histórica que nos ha tocado vivir, pero asumir esto como el fin de un proceso nos ahuyenta de hacernos cargo de nosotros mismos, porque también cercena la capacidad de agencia y frena el cambio, que más bien lo encierra en lo privado. Esto resta lugares para imaginar y construir otras prácticas, relaciones e, incluso, identidades, porque si bien el conflicto se atraviesa o se repite, no se trata, para nada, solo de problematizarnos.


Tampoco se juega en la cancha de esos hombres a quienes, “pese a su erudición, les falta inteligencia para vivir con todo lo que ello implica” —palabras que tuvo a bien decirme la socióloga Crissia Contreras en alguna charla—, y que enfocan la crítica en el capitalismo de las emociones sin reparar en que antes de la emoción está la ética; se vuelven un círculo autorreferencial de intelectuales que, además de desmarcarse de lo masificado, soslaya problemas tan habituales como de base.


No podemos ni debemos quedarnos en la pura enunciación, el debate o el señalamiento; hay que bajar al terreno ahora, porque sin un compromiso que funde al sujeto capaz de cambiar esa dinámica destructiva, no hay obra alguna; se trata de una postura hueca y sin sustancia.

Ya lo dijo la doctora Verónica Aravena Vega en su texto “Las ruinas del hombre nuevo…”:

Y sin embargo. Hay una pregunta enterrada ahí, debajo de los anacronismos, que la izquierda actual ha dejado de hacerse: ¿qué tipo de hombre necesita un proyecto emancipatorio? No la pregunta defensiva —cómo dejar de ser opresor, cómo no fallar, cómo no equivocarse en el lenguaje—, sino la pregunta afirmativa. Qué desear, cómo habitar el cuerpo, qué hacer con la rabia.

El feminismo de los últimos quince años hizo el trabajo crítico que el marxismo del siglo veinte se negó a hacer: nombró la violencia, desmontó el privilegio, politizó lo doméstico. Pero no le correspondía —no podía corresponderle— construir el reverso propositivo, decirle a los hombres qué hacer con sus vidas. Esa tarea quedó vacante.

Así, volviendo sobre la idea de la psicóloga Estefanía Galacho, quien plantea que «cuando la audiencia cambia de opinión, no se tambalea el rol. Se tambalea el sujeto entero», me pregunto: ¿de cuál sujeto político e histórico hablamos? Aquí me sumo a la crítica que Roberto Garda hace a la popular teoría de Raewyn Connell sobre las masculinidades, la cual, más que una herramienta analítica, es una construcción abstracta sin anclaje en los hombres concretos. Aunque no existe una única forma de ser hombre, Garda indica que la teoría de Connell crea una visión de los hombres como un «sujeto político invisible», y esto termina por camuflar y restaurar el poder masculino patriarcal, porque al hablar de masculinidades de forma abstracta y múltiple se pierde de vista al hombre como sujeto político que ejerce poder dentro del patriarcado.

Por esta razón, aquí no hablo de las masculinidades en la barbería. Cuando se habla de masculinidad hegemónica o normativa, que es en sí misma una ética que garantiza privilegios desiguales, se alude a la rigidez, y a esta se la tiene que vencer a través del cuerpo; de ahí que la barbería se convierta en un recinto propio, no para edificar «nuevas masculinidades» (hablar de nuevas masculinidades es hablar de nuevas opresiones) y sí para generar procesos donde se asuma la pérdida de privilegios para que otros sujetos políticos ganen poder.

La metodología de Garda prefiere no ofrecer un nuevo modelo de masculinidad; más bien busca generar un «vacío» en la identidad masculina para que cada hombre, al enfrentarse a la falta de un molde al que ajustarse, pueda reinventarse a sí mismo, sin que los facilitadores le impongan una nueva etiqueta. Ahora bien, lo que llamo repolitización —sin banalizar ni caricaturizar el esfuerzo conceptual del nuevo pacto fraternal, que se contrapone al pacto patriarcal— no ocurre en el aire ni es una suma de voluntades individuales. Esta vez sí es una potencialidad desde el vacío.

IV. Las ideas se sostienen con el cuerpo

Solo hay una solución […]: continuar persiguiendo fines que den sentido a nuestra vida: dedicación a individuos, comunidades, causas, trabajo social o político, intelectual, creador.
Simone de Beauvoir.

«Yo no leo, güey», me respondió mi primo alguna vez que le quise compartir algo que escribí. En ello pensaba en abril pasado, cuando me autorregalé de cumpleaños un corte de cabello en una barbería chocoana ubicada en Bogotá. Pese a que el corte no me gustó para nada, la inmersión de mirar las incrustaciones de estrellas doradas en los dientes del barbero, mientras escuchaba sus pláticas de autos con otros asistentes que no estaban esperando servicio, me resultó sugerente, y allí decidí escribir estas líneas, aunque la idea me había surgido en Mar del Plata, Argentina, cuando el barbero pensó por un momento (no tengo idea por qué) que era chileno y me dijo: «Che, menos mal que no eres chileno, a esas ratas hay que matarlas». Ahí estaba la barbería entera: el nacionalismo, la violencia en tono de plática y una complicidad que nadie me pidió porque ya la daban por hecha. Cuento esto porque sé, perfectamente, que este escrito no va a llegar a la gran mayoría de hombres, al menos no a quienes me interesa llegar (porque no he sabido escribirlo de forma del todo inteligible, y aunque lo hubiera logrado, sé que no daría con ellos). Lo que sigue, en todo caso, no nace de un saber consolidado, y sí de un vacío epistemológico que, lejos de ser lineal, es la historia misma de la masculinidad.

Curioseo entonces: ¿cómo nos interpelamos los hombres sin validar a los redpillers, sin que parezca que nos adherimos al neoconservadurismo que tenemos por todos lados y sin caer en la trampa de asumirnos por completo como víctimas del patriarcado, lo cual pasa por alto toda la responsabilidad que tenemos en el mierdero que nos circunda? La mayoría de hombres no sabemos distinguir una idea de un sentimiento, pero estas letras no son una invitación a la introspección sin fin (que, sin duda, es condición necesaria, a la vez que tarde o temprano puede volverse un cómodo inmovilizador), aun cuando somos, como señala Coral Herrera, hombres que aprendimos a mutilarnos emocionalmente. Los hombres somos un campo en transición, y tal campo intima sujetos políticos, y tales sujetos requieren emplazamientos donde reconocernos y mudar. Lugares donde se geste la necesidad humana de que te miren, te tengan en cuenta, sientas que importas, formes parte de algo, y también donde podamos sentir rabia sin dañar, sentir tristeza y frustración sin huir pa’lante, sentir miedo sin retroceder. Responsabilizarse, pero no culparse; esto es, no perder la dimensión humana, desde una pedagogía de la ternura, pero no tutorada ni buscando el control; en otras palabras, teniendo claridad de quién habla, desde dónde se habla, para qué y a quiénes se habla.

Y si ser hombre es performar, hay un emplazamiento donde actualmente ese performance se puede desmontar: la barber shop, un recinto donde se puede poner cara a «una cultura que vuelve descartables los vínculos [y que] no solo produce sujetos incapaces de confiar [de manera que] así lo colectivo se vuelve inviable», como dijera la psicóloga Alaleh Nejafian.[1] Un campo donde es más que evidente que trabajar con hombres es trabajar el ejercicio de poder; romper con ese poder implica recolocarnos, y eso tiene un costo que los hombres aún no estamos dispuestos a asumir. Donde acompañar e intervenir a hombres jóvenes y adolescentes es, más que una estrategia política, una labor de prevención, y donde se pueden disputar las narrativas del deseo masculino y del poder: acompañar sin justificar ni minimizar, pero sin abandonar, entendiendo que los referentes —como el barbero— importan, e importan demasiado.

Desde las barber shop estas ideas se pueden sostener con el cuerpo, en el sentido de reconfigurar cómo ejercemos el poder, para que dejen de ser un punto donde los vencidos estructurales nos reunimos (porque tal concurrencia trasciende lo fancy, lo trend, la moda, pues), de un modo u otro, pero donde no contenemos a nadie, ni a nosotros mismos, y ser un punto de partida donde dejemos de recurrir a la violencia como única vía para restaurar la masculinidad perdida, como lo dice Rita Segato, y donde rompamos el consenso pasivo. Vale decir, donde seamos capaces de distinguir que cuando confundimos lo que consideramos cierto para nosotros con lo que debería ser cierto para todos, abrimos la puerta a imponer. Y lo he presenciado. En Pasto, cerca de la frontera entre Colombia y Ecuador, me hicieron el mejor corte de mi vida, y la charla fue en esta sintonía. No retengo frases para citar, pero sí la certeza de que fue posible. Que entre tantas barberías, en tantos países, sea la única que recuerdo así dice tanto de la excepción como de la regla. Por tanto, es un plano que hay que cuidar y subvertir (en este sentido tienen lugar hasta los que sufren de alopecia, prematura o no, los que no tenemos barbas abundantes, etcétera), porque es una cuestión de la cotidianidad, y es en la cotidianidad donde se despliega la vida misma.

Jesús Alavez ©| Alborada II, Tultitlán, México, 12/9/2026, 1934 hrs. (UTC-6)

Referencias

Aquí te dejo las fuentes académicas y los perfiles de divulgación que consulté para este análisis, por si quieres profundizar en los conceptos que aquí apenas toco

  • Aravena Vega, V. (2025, 15 de marzo). Las ruinas del hombre nuevo: el amor y las masculinidades. Revista Abismo. https://revistaabismo.com/las-ruinas-del-hombre-nuevo-el-amor-y-las-masculinidades/
  • Connell, R. W. (2005). Masculinities (2nd ed.). University of California Press.
  • Connell, R. W., & Messerschmidt, J. W. (2005). Hegemonic masculinity: Rethinking the concept. Gender & Society, 19(6), 829–859. https://doi.org/10.1177/0891243205278639
  • Escutia Díaz, S. (2023, mayo). Masculinidades diversas, infancias felices [Taller virtual].
  • Galacho, E. [@psicovincularnos]. (s. f.). Lic. Estefanía Galacho [Perfil de Instagram]. Instagram. Recuperado el 8 de octubre de 2026, de https://www.instagram.com/psicovincularnos
  • Garda Salas, R. (2025). La teoría crítica y las masculinidades: El camuflaje, el hombre invisible y la renovación del patriarcado. Revista de Estudios Culturales, 2(1). https://doi.org/10.61303/28107772.v2i1.55
  • Garda Salas, R. (2022). El hombre de las nuevas masculinidades antes te controlaba con su enojo y ahora con su llanto [Entrevista]. elDiario.es. https://www.eldiario.es/sociedad/roberto-garda-hombre-nuevas-masculinidades-controlaba-enojo-ahora-llanto_128_9043102.html
  • Herrera Gómez, C. (2019). Hombres que ya no hacen sufrir por amor: Transformando las masculinidades. Los Libros de la Catarata.
  • Kimmel, M. S. (1994). Masculinity as homophobia: Fear, shame, and silence in the construction of gender identity. In H. Brod & M. Kaufman (Eds.), Theorizing masculinities (pp. 119–141). Sage.
  • Kimmel, M. S. (1997). Homofobia, temor, vergüenza y silencio en la identidad masculina (O. Jiménez, Trad.). En T. Valdés & J. Olavarría (Eds.), Masculinidad/es: poder y crisis (pp. 49–62). Ediciones de las Mujeres N.º 24, ISIS Internacional; FLACSO-Chile.
  • Lacan, J. (1988). El seminario de Jacques Lacan. Libro 7: La ética del psicoanálisis, 1959-1960 (J.-A. Miller, Ed.). Paidós. (Obra original publicada en 1986).
  • Levant, R. F. (2025). The normative male alexithymia hypothesis. In R. F. Levant & S. Pryor (Eds.), Assessing and treating emotionally inexpressive men (pp. 3–10). Routledge.
  • Nejafian, A. [@alalehnejafian]. (s. f.). Psicologa Alaleh Nejafian [Perfil de Instagram]. Instagram. Recuperado el 8 de octubre de 2026, de https://www.instagram.com/alalehnejafian
  • Segato, R. L. (2003). Las estructuras elementales de la violencia: Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Universidad Nacional de Quilmes.
  • Sifneos, P. E. (1973). The prevalence of «alexithymic» characteristics in psychosomatic patients. Psychotherapy and Psychosomatics, 22(2), 255–262. https://doi.org/10.1159/000286529